La humedad se acumula con la lentitud propia de las cosas que terminan sucediendo. Esa mañana una abuela comenta con su nieta un dolor sordo, pero lleno de palabras que le aprieta los tobillos. Los huesos saben repite la anciana mientras mastica con visible esfuerzo un panecillo demasiado tostado.
El cielo se cierra a modo de cerradura imposible, y nadie se extraña cuando a la hora de comer la televisión pronostica -con presentador y chubasquero amarillo incluido- precipitaciones al llegar la noche
Minutos más tarde, rompe a llover. Primero con cautela. Las gotas caen sin ganas, sin más esfuerzo que la gravedad que las empuja hacia el suelo. El viento juega con su escaso peso haciéndolas girar de un lado a otro antes del impacto.
Al rato se anima, y la gente comienza a buscar las cornisas al camina por la calle. Un padre preocupado por alguna angina, le pide a su hijo que evite los charcos y que al fútbol ya irá mañana. La tarde trascurre sin más novedad que el agua completando su eterno ciclo: todo lo que sube, baja.
Para la cena, el ruido de la lluvia crece en intensidad y es una presencia que se cuela en los salones, en los cuartos, en las cocinas de cada casa. Es tan nítido, tan blanco, tan ensordecedor que compite con el ruido mismo de la consciencia. Muchos se acercan a las ventanas para mirar. Hay algo tribal en el rítmico traqueteo. Algo hipnótico que termina siendo tan interesante como el baile de una llama, o la muerte vista desde fuera. Los cortes de luz se suceden en diferentes puntos de la ciudad, y el cielo parece responder a su oscuridad con el epiléptico trazo de la energía acumulada. Un indescriptible flash que fotografía la ciudad en plano cenital. Un médico que espera un taxi en el portal de su consulta comenta con su secretaria el antiséptico olor a ozono que lo inunda todo.
En cierto momento, entre la madrugada y la mañana, la tormenta se disuelve como un mal sueño. Justo al mismo tiempo, en algún lugar de la ciudad, ella vuelve a casa. Allí, con la ropa empapada, las extremidades heladas, y los dientes tiritando descubre una nota de despedida sobre la cama. Él ya no está. No va a volver
La tormenta no ha terminado, sólo se ha mudado a sus ojos. Ahora además de ácida es salada







Un texto muy bello y muy descriptivo. Me ha gustado mucho ese final que parece justificar todo lo anterior y que, de algún modo, al terminar la lectura, admite ser leído de nuevo bajo la luz de esa historia de amor concluida. Te felicito. Espero que el año que acaba de comenzar te sea propicio y mantenga en tí esta hermosa inspiración. Saludos cordiales.
Siempre me ha parecido interesante el poder hipnótico de la lluvia, el mar o el fuego. Tienen una energía original que nos acerca al centro de algo (o nos remonta al origen de todo). Por aquí últimamente llueve todo el rato y los huesos no acaban de acostumbrarse a esta humedad ácida-salada.